miércoles, 28 de enero de 2015

LA VOCACIÓN DEL CATEQUISTA, I Y II PARTE.

“Después subió a la montaña y llamo a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él. Y Jesús instituyó los doce para  que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar...”  (Mc 3, 13-14)
     Querid@s Catequistas y hermanos que colaboran en la tarea evangelizadora de nuestra Diócesis de Celaya, así como fieles en general, reciban un cordial y fraternal saludo.
     En esta ocasión a  partir del texto de San Marcos y tomando algunas frases alentadoras e iluminadoras de nuestro querido pastor el papa Francisco los invito a meditar con un corazón atento y abierto a la gracia del Señor, el cual nos permitirá situarnos en la perspectiva del llamado que hoy Jesús quiere renovar y actualizar con cada uno de nosotros los cristianos.
     Detrás de cada catequista, de cada uno de ustedes, hay un llamado, una elección, una vocación. Esta es una verdad fundante de nuestra identidad: hemos sido llamados por Dios, elegidos por Él. Creemos y confesamos la iniciativa de amor que  hay en el origen de lo que somos. Nos reconocemos como don, como gracia...
     Y hemos sido llamados para estar con Él. Por eso nos decimos cristianos, nos reconocemos en estrecha relación con Cristo. Ese vivir con Cristo es realmente una vida nueva: la vida del cristiano, y determina todo lo que se es y se hace. De ahí que todo catequista debe procurar permanecer en el Señor y cuidar, con la oración, su corazón transformado con la gracia, porque es lo que tiene para ofrecer y en donde está su verdadero “tesoro”
     Alguno quizás está pensando en su interior: “pero esto que nos está diciendo podría ser aplicado a todo cristiano”.  Sí,  es así. Y es lo que justamente quisiera compartir con ustedes. Todo catequista es ante todo un cristiano.
     Puede resultar casi obvio... Sin embargo, uno de los problemas más serios que tiene la Iglesia muchas veces su tarea evangelizadora radica en que los agentes pastorales, los que solemos estar más con las “cosas de Dios”, los que estamos más insertos en el mundo eclesiástico, frecuentemente nos olvidamos de ser buenos cristianos. El catequista es el hombre de la Palabra. De la Palabra con mayúscula. “Fue precisamente con la Palabra que nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes, se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas. Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad.”
     Esta relación de la catequesis con la Palabra no se mueve tanto en el orden del “hacer”, sino más bien del “ser”. No puede haber realmente una verdadera catequesis sin una centralidad y referencia real a la Palabra de Dios que anime, sostenga y fecunde todo su hacer. El catequista se compromete delante de la comunidad a meditar y rumiar la Palabra de Dios para que sus palabras sean eco de ella. Por ello,  la acoge con la alegría que da el Espíritu, la interioriza y la hace carne y gesto como María. Encuentra en la Palabra la sabiduría de lo alto que le permitirá hacer el necesario y agudo discernimiento, tanto personal como comunitario.
     El catequista es un servidor de la Palabra, se deja educar por ella, y en ella tiene la serena confianza de una fecundidad que excede sus fuerzas. El no es el dueño de esta palabra; es su servidor.
     Para que sea posible esa escucha de la Palabra, el catequista debe ser hombre y mujer que guste del silencio. ¡Sí!, el catequista, porque es el hombre de la Palabra, deberá ser también el hombre del silencio... Silencio contemplativo, que le permitirá  liberarse de la inflación de palabras que reducen y empobrecen su ministerio a un palabrerío hueco, como tantos que nos ofrece la sociedad actual.
     Pero si algo peculiar debe caracterizar al catequista es su mirada.  El catequista, nos dice el Directorio Catequístico General, es un hombre experto en el arte de comunicar. “La cima y el centro de la formación de catequistas es la aptitud y habilidad de comunicar el mensaje evangélico.”  El catequista está llamado a ser un pedagogo de la comunicación. Quiere y busca que el mensaje se haga vida. En Jesús  tenemos siempre el modelo, el camino, la vida. Como el Maestro Bueno, cada catequista deberá hacer presente la “mirada amorosa” que es inicio y condición de todo encuentro verdaderamente humano. 
     En este mundo precisamente el catequista deberá hacer presente la fragancia de la mirada del corazón de Jesús. 
     Mirada respetuosa, mirada sanadora, mirada llena de compasión también ante el espectáculo sombrío de la omnipotencia manipuladora de los medios, del paso prepotente e irrespetuoso de quienes como gurúes del pensamiento único, aun desde los despachos oficiales, nos quieren  hacer claudicar en la defensa de la dignidad de la persona, contagiándonos una incapacidad de amar. 
     Por eso, les pido a ustedes catequistas: ¡cuiden su mirada!. No claudiquen en esa mirada dignificadora. No cierren nunca los ojos ante el rostro de un niño que no conoce a Jesús. No desvíen su mirada, no se hagan los distraídos. Dios los pone, los envía para que amen, miren, acaricien, enseñen... Y los rostros que Dios les confía no se encuentran solamente en los salones de la parroquia, en el templo... Vayan más allá: estén abiertos a los nuevos cruces de caminos en los que la fidelidad adquiere el nombre de creatividad.
     En esta primera parte descubrimos claramente cuál es nuestra tarea, primero a estar con él, a ser hombres y mujeres contemplativos de su Palabra, a tener una mirada como la de Jesús para que experimenten los catequizandos la ternura de Dios. Hoy la invitación es a renovar el llamado, la vocación, la misión.  
     Nos unimos a sus intenciones para pedir al Señor la gracia de ser instrumentos de comunión, para que haciendo de la Iglesia una Casa de todos, hagamos presente a Dios en las diversas situaciones de la vida, aun en las más difíciles que nos encontremos. Que Santa María de Guadalupe les concedan lo que piden:“Hacer de  su ministerio un lugar de escucha, anuncio y alegría”.

II PARTE  “LA VOCACIÓN DEL CATEQUISTA”
      Pero si algo es propio del catequista es reconocerse como el hombre y la mujer que “anuncia”. Si bien es cierto que todo cristiano debe participar de la misión profética de la Iglesia, el catequista lo hace de una manera especial. 
     ¿Qué significa anunciar? Es más que decir algo, que contar algo. Es más que enseñar algo. Anunciar es afirmar, gritar, comunicar, es trasmitir con toda la vida. Es acercarle al otro su propio acto de fe -que por ser totalizador- se hace gesto, palabra, visita, comunión... Y anunciamos no un mensaje frío o un simple cuerpo doctrinal. Anunciamos ante todo una Persona, un acontecimiento: Cristo nos ama y ha dado su vida por nosotros. El catequista ofrece su tiempo, su corazón, sus dones y su creatividad para que esta certeza se haga vida en el otro, para que el proyecto de Dios se haga historia en el otro. Es propio también del catequista que ese anuncio que tiene como centro a una persona, Cristo, se haga también anuncio de su mensaje, de sus enseñanzas, de su doctrina. No se olviden que ustedes como catequistas completan la acción misionera de la Iglesia. 
     Y si bien en algún momento de la historia de la Iglesia se separó demasiado Kerygma y Catequesis, hoy deben estar unidos aunque no identificados. La catequesis deberá en estos tiempos de increencia e indiferencia generalizada tener una fuerte impronta kerygmática.
     No dejen de anunciar que Jesús es el Señor... ayuden justamente a que sea realmente “Señor” de sus catequizandos... 
     En este contexto cobra mucha importancia el testimonio. La catequesis, como educación en la fe, como trasmisión de una doctrina, exige siempre un sustento  testimonial. Esto es común a todo cristiano, sin embargo en el catequista adquiere una dimensión especial. Porque se reconoce llamado y convocado por la Iglesia para dar testimonio. El testigo es aquel que habiendo visto algo, lo quiere contar, narrar, comunicar... En el catequista el encuentro personal con el Señor da no sólo credibilidad a sus palabras, sino que da credibilidad a su ministerio, a lo que es y a lo que hace.
     Si el catequista no ha contemplado el Rostro del Verbo hecho carne,  no merece ser llamado catequista. Es más,  puede llegar a recibir el nombre de impostor, porque está engañando a sus catequizandos.
     Algo más: ustedes son catequistas de este tiempo, de esta ciudad que es Celaya, en esta Iglesia diocesana que está caminando... Y por ser catequistas de este tiempo marcado por las crisis y los cambios no se avergüencen de proponer certezas... 
     Estamos ciertamente ante un tiempo difícil, de muchos cambios, que incluso nos llevan a hablar de cambio de época. El catequista, ante este nuevo y desafiante horizonte cultural, se sentirá en más de una ocasión cuestionado, perplejo, pero nunca abatido.
     Por ello, hace falta mucha audacia para ir contra la corriente, para no renunciar a la utopía posible de que sea precisamente la inclusión, la que marque el estilo  y ritmo de nuestro paso.
     Anímense a pensar la pastoral y la catequesis desde la periferia, desde aquellos que están más alejados, de los que habitualmente no concurren a la Parroquia. Hace unos años les decía: ¡salgan de las cuevas! Hoy se los repito: ¡salgan de la sacristía, de la secretaría parroquial, del los salones vip!, ¡salgan! Hagan presente la pastoral del atrio, de  las puertas, de las casas, de la calle. No esperen, ¡salgan! Y sobre todo hagan presente una catequesis que no excluya, que sepa de ritmos distintos, abierta a los nuevos desafíos de este mundo complejo. 
     Dios los ha llamado a ser sus catequistas. En esta Iglesia de Celaya que está transitando tiempos del Espíritu, sean parte y protagonistas, no para, imponer, sino para hacer juntos la apasionante experiencia del discernir con otros, de dejar que sea Dios quien escriba la historia.  
     En el mundo actual, ya hay demasiado dolor y rostros entristecidos como para que quienes creemos en la Buena Noticia del Evangelio escondamos el gozo pascual. Por eso, anuncien con alegría que Jesús es el Señor... Esa alegría profunda, que tiene su causa justamente en el Señor.
Intervención del cardenal Jorge Mario Bergoglio
SJ, arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina
en el Encuentro Arquidiocesano de Catequesis (EAC)
Buenos Aires, 12 de marzo de 2005
Equipo DIDIPAC

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