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sábado, 5 de diciembre de 2015

viernes, 4 de diciembre de 2015

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO A LOS CATEQUISTAS DE UGANDA (Y DEL MUNDO).

Queridos catequistas y maestros, Queridos amigos:
Les saludo con afecto en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Maestro.
“Maestro”. Qué hermoso título este. Jesús es nuestro primer y más grande maestro. San Pablo nos dice que Jesús dio a su Iglesia no sólo apóstoles y pastores, sino también maestros, para edificar todo el cuerpo en la fe y en el amor. Junto a los Obispos, a los presbíteros y a los diáconos, que han sido ordenados para predicar el Evangelio y cuidar del rebaño del Señor, ustedes, como catequistas, tienen un papel importante en la tarea de llevar la Buena Noticia a cada pueblo y aldea de su país. Ustedes han estado elegidos para tener el ministerio de la catequesis.

Quisiera ante todo darles las gracias por los sacrificios que hacen ustedes y sus familias, y por el celo y la devoción con la que llevan a cabo su importante misión. Ustedes enseñan lo que Jesús enseñó, instruyen a los adultos y ayudan a los padres para que eduquen a sus hijos en la fe, y llevan a todos, la alegría y la esperanza de la vida eterna. Gracias, gracias por su dedicación, por el ejemplo que ofrecen, por la cercanía al pueblo de Dios en su vida cotidiana y por los tantos modos en que plantan y cultivan la semilla de la fe en toda esta vasta tierra. Gracias especialmente por el hecho de enseñar a rezar a los niños y a los jóvenes. Porque es un trabajo muy importante enseñar a los niños a rezar. Porque es muy importante, es un trabajo grande aquel de enseñar a rezar a los niños.

Sé que su trabajo, aunque gratificante, no es fácil. Por eso les animo a perseverar, y pido a sus Obispos y a sus sacerdotes que les den una formación doctrinal, espiritual y pastoral que les ayude cada vez más en la acción. Aun cuando la tarea parece difícil, los recursos resultan insuficientes y los obstáculos demasiado grandes, les hará bien recordar que el suyo es un trabajo santo. Y quiero subrayar: el suyo, es un trabajo santo. El Espíritu Santo está presente allí donde se proclama el nombre de Cristo. Él está en medio de nosotros cada vez que en la oración elevamos el corazón y la mente a Dios. Él les dará la luz y la fuerza que necesitan. El mensaje que llevan hundirá más sus raíces en el corazón de las personas en la medida en que ustedes sean no solo maestros, sino también testigos. Y esto es otra cosa importante: ustedes deben ser maestros, pero esto no sirve, si no son testigos. Que su ejemplo haga ver a todos la belleza de la oración, el poder de la misericordia y del perdón, la alegría de compartir la Eucaristía con todos los hermanos y hermanas.

La comunidad cristiana en Uganda ha crecido mucho gracias al testimonio de los mártires. Ellos han dado testimonio de la verdad que hace libres; estuvieron dispuestos a derramar su sangre para permanecer fieles a lo que sabían que era bueno, bello y verdadero. Estamos hoy aquí en Munyonyo, donde el Rey Mwanga decidió eliminar a los seguidores de Cristo. No tuvo éxito en su intento, como tampoco el Rey Herodes consiguió matar a Jesús. La luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no prevalecieron (cf. Jn 1,5). Después de haber visto el valiente testimonio de san Andrés Kaggwa y de sus compañeros, los cristianos en Uganda creyeron todavía más en las promesas de Cristo.

Que san Andrés, su Patrón, y todos los catequistas ugandeses mártires, obtengan para ustedes la gracia de ser maestros con sabiduría, hombres y mujeres cuyas palabras estén colmadas de gracia, de un testimonio convincente del esplendor de la verdad de Dios y de la alegría del Evangelio. Testigos de santidad. Vayan sin miedo a cada ciudad y pueblo de este país para difundir la buena semilla de la Palabra de Dios, y tengan confianza en su promesa de que volverán contentos, con gavillas de abundante cosecha. Les pido a todos ustedes, catequistas, que recen por mi y hagan rezar a los niños por mi. Omukama Abawe Omukisa! (Que Dios los bendiga).

Viaje apostólico -Uganda: Visita a Munyonyo y saludo a los catequistas y profesores (27 de noviembre de 2015)

viernes, 10 de enero de 2014

Catequista Española en Proceso de Canonización.

Causa de la Canonización de la Catequista Española:
  Rebeca Rocamora Nadal
Más información en los siguientes enlaces: 

Palabras del Obispo Diocesano de Orihuela-Alicante: Quiero recoger en un decálogo sencillo, muy sencillo, como si estuviéramos en una catequesis, las diez lecciones de vida cristiana que, a mi juicio, nos ofrece a todos esta joven catequista, de sonrisa permanente y decidida vocación a la santidad:

1. “Lo importante es el Señor”. Lo dijo Rebeca el día de su Primera Comunión. Más importante para ella, en aquel momento, que estrenar un vestido comprado, era lo que recibía en la Eucaristía: al Señor Sacramentado. Dicen de ella, que su vestido había sido tejido a punto por su mamá.

2. “No pierdas nunca esa sonrisa”, frase del Párroco a Rebeca, en esa fecha memorable de su Primera Comunión.

3. “Fidelidad a los mandamientos y cumplimiento de los mismos, dando así testimonio de fe y amor”. Así reza un autógrafo suyo en el libro de catequesis que utilizaba.

4. “Quiero ser catequista de los pequeñines”. Su madre pedía al Señor, según parece, la gracia de la vocación religiosa. Estamos estos días en la campaña Pro-Seminario y estamos pidiendo a todas las parroquias, comunidades, grupos apostólicos y a todas las familias, que pidan al Señor la vocación para alguno de sus hijos. Y que recemos todos para que no falten sacerdotes en la diócesis y en otras diócesis hermanas que tienen todavía más necesidad que nosotros. Con este motivo estamos recordando que la vocación es un regalo de Dios. Su madre pedía la vocación religiosa para Rebeca, y Rebeca le respondió: “Mamá, yo quiero ser catequista de la Parroquia de Granja”. Y catequista fue mientras vivía.

5. “No pasa nada, todo se andará”. Son palabras con que la hija animaba a su padre, que estaba preocupado por la enfermedad que padecía. No pasa nada, todo se andará…

6. “Pido al Señor que aumente mi fe”. Era una jaculatoria con que recordaba a cuantos la visitaban que el Señor sabía muy bien qué le convenía más, si la salud o la enfermedad que padecía.

7. “La fe en la Santa Cruz es mi fuerza”. Tenía en eso momento Rebeca en sus manos esta reliquia del Lignum Crucis, unos trocitos de la verdadera Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, la del Monte Calvario, que había pedido que se la llevaran desde la parroquia a la habitación donde ella estaba acostada, casi sin poder levantarse ya. La fe en la Santa Cruz es mi fuerza… Esa cruz que cada uno tenemos que llevar en nuestra vida… y que le acompañó en su tránsito al Cielo.

8. “Doctor, quiero que me diga qué es lo que tengo…, quiero saberlo para sufrir con mi madre”. Y es que de pequeña, en su primera enfermedad, de la que se recuperó por intercesión de la Virgen Santa María, según dicen algunos, no llegó a enterarse del todo de qué es lo que le pasaba. Si era más grave o menos grave. Pero ahora veía que el sufrimiento estaba pesando sobre su madre y quería compartirlo con ella.

9. “Me voy al cielo, y poco a poco me llevaré a los que quiero”. Una frase que muchos podrían pensar, ya la entendemos, pero necesitamos vivirla… Nadie nos quedamos aquí para toda la eternidad. Hoy se va uno, mañana otro, pasado otro… Ella dice: yo voy delante, pero desde allí, llamaré e intercederé por otros que aquí se quedan. Esta frase la pronunciaba en el hospital de Madrid donde vivió más pendiente durante su enfermedad, según dicen, de los enfermos y familiares, de los médicos y enfermeras que le estaban atendiendo, que de sí misma. Como que lo otro tenía más importancia para ella.

10. “Alabaré, alabaré…”. Canto que solicitaba y coreaba, uno y otro día, en los últimos meses de cruz y de luz de esta luminosa sonrisa.

Junto a este decálogo, podríamos enumerar una lista de diez virtudes. Probada la práctica de las mismas en grado heroico, juntamente con otras virtudes, ya lo ha dicho D. Ildefonso… virtudes humanas, virtudes cristianas, virtudes sobrenaturales, será declarada, si Dios quiere, Santa. Pues entre estas virtudes, yo destacaría:

- Fe
- Esperanza
- Caridad
- Fortaleza
- Constancia
- Humildad
- Sencillez
- Delicadeza
- Serenidad
- Y, alegría, mucha alegría, alegría contagiosa, fruto del amor alcanzado. Es el amor coronado por el éxito.

Pues que el Señor y la Señora orienten los pasos de todos en esta andadura que hoy emprendemos juntos. Y que pueda llevarnos pronto a la meta anhelada: La inscripción del nombre de Rebeca, por parte de la Iglesia Madre, en el catálogo de los Santos. Amén.
+ Rafael Palmero Ramos
Obispo de Orihuela-Alicante
Por etcmegacel.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Contemplar nuestro objetivo y la necesidad de la Formación.

LOS TRES CANTEROS 
     Como era costumbre durante la Edad Media, un peregrino había hecho voto de alcanzar un lejano santuario. Después de algunos días de camino, le tocó pasar por una colina gris, abrasada por el sol, y llena de canteras. A los lados del camino se veían hombres que, sentados en el suelo, golpeaban enormes pedazos de roca para sacar de ellos los bloques de piedra para la construcción. 
     El peregrino se acercó al primero de los hombres. Le miró despacio: polvo y sudor le tapaban el rostro, y se adivinaba en sus ojos una fatiga terrible. «¿Qué haces?», preguntó el peregrino. «¿No lo ves?» respondió el hombre, sin ni siquiera levantar la cabeza. «Me estoy matando de cansancio». El peregrino no dijo nada y siguió caminando. 
     Se encontró en seguida con un segundo cantero, que parecía tan cansado como el primero. «¿Qué haces?», le preguntó también a él el peregrino. «¿No lo ves? Trabajo desde la mañana hasta la noche para ganarme la vida y poder mantener a mi familia», respondió el hombre. En silencio, el peregrino reemprendió su camino. 
     Al rato, se topó con un tercer cantero. Su aspecto era como el de los otros dos: sucio y lleno de polvo, parecía mortalmente fatigado. Pero sus ojos reflejaban una extraña serenidad. «¿Qué haces?, preguntó el peregrino. «¿No lo ves?, respondió el hombre mirando al peregrino y sonriendo con sinceridad. «Estoy construyendo una catedral». Y con el brazo le señaló el valle donde se estaba levantando una grande y preciosa construcción, llena de columnas y arcos de piedra gris que apuntaban hacia cielo. 
     Queridos catequistas: que en vuestro duro trabajo de la catequesis, en el concreto día a día, semana a semana, ni el polvo, ni el sudor del duro golpear la piedra, ni la fatiga que a veces podáis sentir como dominadora, os impidan contemplar, con serenidad y alegría, el precioso edificio que estáis construyendo. 
     Con estas piedras, duras piedras, y con este cincel (la Palabra de Dios, el Evangelio) Que entra y modela, también estas piedras, Podemos seguir construyendo. Quizá haya que ser un poco más diestros con el cincel, con su manejo, adquirir experiencia...¡En eso estamos! En nuestra formación. ¡Animo!

                                                                                      Por: etcmegacel
Fuente: Diócesis de Pamplona,
Cursillo Básico para Catequistas (pdf) pag. 27

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