domingo, 16 de noviembre de 2014

EL CATEQUISTA Y SU RELACION PERSONAL CON EL SEÑOR

“Maestro, ¿dónde vives? - Vengan y lo verán.” (Jn 1,38-39)
     Un afectuoso saludo fraterno a todos nuestros hermanos y hermanas que realizan la misión, educando en la fe; en la gran tarea de la catequesis en nuestra querida Diócesis de Celaya.
     Los invito a que abramos nuestra mente y corazón para continuar reflexionando sobre los mensajes del ahora Papa Francisco en sus mensajes a los catequistas de su Arquidiócesis en Argentina, descubrir en sus reflexiones la llamada insistente del Señor Jesús a estar con Él, para después llenos de su amor, salgamos a compartir con alegría esa viva experiencia de ser amados por el Dios de la paz, de la alegría, de la misericordia y del perdón.
     Él nos invita a hacer un alto en nuestra vida para reflexionar y recordar que todos somos responsables de la catequesis, ya que es un aspecto de la evangelización. La iglesia está llamada a evangelizar, cada uno de los bautizados  necesitamos tomar en serio ésta que es nuestra misión: anunciar, ¡dar a conocer a Jesús vivo, resucitado! Que está presente entre nosotros. Para lo cual se necesita primero estar con el Maestro que nos llama a permanecer a su lado, escuchándolo, contemplándolo, aprendiendo de él, para después identificarnos con él, sentir como él sentía, pensar como él pensaba, amar como el amaba. Es hora de darnos cuenta de que el compromiso y la responsabilidad es de toda la comunidad, en la educación cristiana y en la madurez de la fe. Partiendo de esta corresponsabilidad de catequistas y comunidad cristiana, necesitamos enamorarnos de Cristo para poder darlo a conocer de una manera creíble, que hable nuestro testimonio, la buenas obras que realizamos y si fuera necesario hacer uso de la palabra; para dar a conocer a Jesús.
     Hoy en día es urgente que el catequista y todo bautizado intensifique su relación personal con el Señor; en un mundo con tanto activismo, nos inclinamos más al hacer que al ser, la invitación sigue en pie ser discípulos de Jesús, estar en su presencia, permanecer con él, estar a la escucha atenta de sus palabras, no como oyente olvidadizo. Sino para hablar de él a los hermanos y acercarlos al Maestro. Llevarlos al encuentro personal con Jesucristo este es su ser y vocación de todo cristiano. 
     Buscar a Dios es buscar su rostro, es adentrarse en su intimidad. Toda vocación y mucho más la del catequista, presupone una pregunta:“Maestro, ¿dónde vives? Ven y verás…”De la calidad de la respuesta, de la profundidad del encuentro surgirá la calidad de nuestra mediación como catequistas.
     La Iglesia se constituye sobre este “ven y verás”. Encuentro personal e intimidad con el Maestro que fundamentan el verdadero discipulado y aseguran a la catequesis su sabor genuino, alejando el acecho siempre actual de racionalismos e ideologizaciones que quitan vitalidad y esterilizan la Buena Noticia.
     El mundo de hoy necesita cristianos santos, que contagien con su sola presencia, que ayuden con su testimonio de vida a superar una civilización individualista dominada por una “ética minimalista y una religiosidad superficial”. Hoy más que nunca urge la necesidad de dejarse encontrar por el Amor, que siempre tiene la iniciativa, para ayudar a los hombres a experimentar la Buena Noticia del Encuentro.
     Pero todos esperan, buscan, desean ver a Jesús. Y por eso necesitan de los creyentes, especialmente de los catequistas que “no solo ‘hablen’ de Cristo sino, en cierto modo, que se lo hagan ‘ver’… De ahí, que nuestro testimonio sería enormemente deficiente, si nosotros no fuéramos los primeros contempladores de su rostro.
     Todos experimentamos el gozo como Iglesia de esta presencia cercana y cotidiana del Señor Resucitado hasta el fin de la historia. Misterio central de nuestra fe, que realiza la comunión y nos fortalece en la misión. En la visita y la adoración al Santísimo Sacramento experimentamos la cercanía del Buen Pastor, la ternura de su amor, la presencia del amigo fiel. Todos hemos experimentado la ayuda tan grande que brinda la fe, el diálogo intimo y personal con el Señor Sacramentado. 
     En la Misa de cada domingo experimentamos nuestra pertenencia cordial a ese Pueblo de Dios al cual fuimos incorporados por el bautismo y hacemos “memoria” del “primer día de la semana”. Por eso, el catequista, está llamado a comprometer su vida para que no se nos robe el Domingo, ayudando a que en el corazón del hombre no se acabe la fiesta y cobre sentido y plenitud su peregrinar de la semana.
     Este pensamiento de Santa Teresita nos puede ayudar a reflexionar en que consiste la vida cristiana: “Amarlo y hacerlo amar…” Esta es también la razón de ser de todo catequista. Solo si hay un encuentro personal se puede ser instrumento para que otros lo encuentren.
     Que Santa María, sea nuestro modelo de fidelísima escucha atenta y de contemplación al Señor, para vivir la voluntad de Dios cada uno en la vocación que ha sido llamado.

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